En las afueras de Kanazawa, en una colina donde el viento soplaba sin prisa, vivía una mujer llamada Emiko. Cada primavera, desde que tenía memoria, caminaba hasta el mismo cerezo para verlo florecer.

Ese árbol no era cualquier árbol. Lo había plantado su madre antes de morir. Y cada año, cuando los pétalos se abrían, Emiko sentía que ella volvía un instante para saludarla.

Con los años, el cerezo fue perdiendo fuerza. Sus flores ya no eran tan abundantes. El tronco, resquebrajado, se inclinaba levemente como si estuviera cansado de sostener tanto tiempo la memoria.

Esa primavera, Emiko supo que tal vez sería la última floración. Caminó con paso lento, con su termo de té y su cuaderno. Se sentó bajo el árbol. No escribió nada. Solo miró.

Un pétalo cayó sobre su hombro. Luego otro. El viento los levantaba, los dejaba danzar y los depositaba en el suelo como si el tiempo mismo tuviera manos suaves.

Emiko no lloró. No hizo fotos. No intentó retenerlo.

Solo dijo en voz baja:
—Gracias.

Se quedó allí hasta que el sol comenzó a caer. El árbol seguía de pie, casi sin flores, pero aún hermoso. Porque la belleza más honda, pensó, no es la que brilla para siempre, sino la que se sabe ir.

Al volver a casa, notó que uno de los pétalos había quedado enredado en su bufanda. Lo dejó ahí.

No para conservarlo.

Sino para recordarse que lo bello no dura… pero deja huella.