Riku tenía once años cuando escuchó por primera vez que los árboles también respiran.
Se lo dijo su abuela, mientras caminaban por el bosque de Yakushima bajo una lluvia suave que parecía no querer irse nunca.
—Este lugar está lleno de kamis —le dijo, acariciando el tronco de un cedro milenario—. Hay que saludar antes de entrar.
Años después, con la abuela ya convertida en recuerdo, Riku volvió a ese mismo bosque. No sabía bien por qué. Solo sintió que tenía que estar ahí.
Llevaba meses con la mente agitada, la vida llena de notificaciones, decisiones y pasos en falso. Ya no recordaba cómo se sentía el silencio.
Entró al bosque sin hablar.
Lo recibió una niebla espesa y el murmullo constante de las hojas tocadas por la lluvia.
Cada gota era un tambor suave en la piel del mundo.
Cada rama, una frase antigua que nadie había traducido.
Mientras avanzaba, vio un árbol tan alto que parecía sostener el cielo.
Se detuvo.
No por miedo.
Por respeto.
Algo en su interior le pidió que no pensara, que solo sintiera.
Cerró los ojos.
Y entonces, lo escuchó.
No fue una voz humana, ni un mensaje claro.
Fue más bien una vibración, una calma que se le metió en el pecho como una brisa tibia.
No decía nada… y lo decía todo.
“Estoy acá.”
“Siempre estuve.”
Riku no supo cuánto tiempo pasó así, de pie frente al árbol.
Solo que al abrir los ojos, algo dentro de él se había ordenado.
Como si su alma hubiese recordado su idioma original.
Volvió al pueblo esa noche con barro en los zapatos y hojas en el pelo.
No trajo fotos ni souvenirs.
Solo una certeza callada:
Que hay lugares donde habita lo sagrado.
Y que el respeto… también es una forma de oración.