Una historia para honrar a quienes me dieron la vida

En un rincón tranquilo del bosque de Nara, entre cipreses centenarios y piedras cubiertas de musgo, se sentó Akari, con los ojos cerrados y el corazón abierto.
Había llegado hasta allí con una sola intención: agradecer.
No por lo perfecto.
No por lo fácil.
Sino por la vida.

Extendió sus manos sobre la tierra húmeda, como si tocara un recuerdo.
Y en el silencio, comenzaron a aparecer…
Primero su madre.
Con su voz a veces suave, a veces firme.
Con su risa, sus miedos, sus abrazos que no siempre llegaban como ella deseaba… pero que alguna vez la sostuvieron.
Luego su padre.
Con su forma de caminar, sus silencios incómodos, sus errores y sus gestos que marcaron una huella en su historia.
También sus aciertos.
Su esfuerzo.
Su sombra.

Akari no idealizó.
Tampoco juzgó.
Solo los vio.
Humanos.
Limitados.
Amando como sabían.

Y en ese ver, algo dentro de ella se acomodó.
Dejó de exigir que hubieran sido distintos.
Y comenzó a agradecerles por haber sido los portales de su alma a esta vida.

Con una lágrima calma —ni triste ni alegre—, murmuró:

Gracias, mamá. Gracias, papá.
Por lo que dieron y por lo que no supieron dar.
Por la vida que me ofrecieron, aun sin saber cómo cuidarla.
Hoy elijo cuidarla yo.

Se levantó, liviana.
No por haber olvidado el dolor.
Sino porque al reconocerlo, ya no la gobernaba.
Y así, con cada paso que daba hacia adelante, honraba también hacia atrás.

Meditación Raices
Leandro Frutos