Él seguía ahí.
Aunque yo me hubiera ido.
Aunque hubiera crecido.
Aunque me hubiera vuelto serio, ocupado, correcto.

Seguía esperándome en ese mismo rincón de siempre.
Donde jugábamos a volar sin alas.
Donde creíamos que el mundo era más magia que rutina.

No me reclamó nada.
No me pidió explicaciones.
Solo me miró…
como si supiera que, tarde o temprano, iba a volver.

Y volví.
Con los bolsillos llenos de miedos, obligaciones y excusas.
Pero también con algo distinto:
con la necesidad de recordar.

Recordar cómo era reír sin motivo.
Correr sin pensar en el tiempo.
Abrazar sin tener miedo a perder.

Me senté a su lado.
No hablamos mucho.
No hizo falta.
Me alcanzó con ver sus ojos para entender lo que me faltaba.

Porque en su mirada había algo que yo había olvidado:
la libertad de ser sin tener que demostrar nada.

Él no quería que fuera perfecto.
Solo quería que volviera a jugar.
Que me ensuciara las manos.
Que preguntara sin miedo.
Que me creyera capaz de todo, como antes.

Y mientras el mundo allá afuera seguía con su ruido,
nosotros…
nos quedamos ahí,
en silencio,
dibujando el cielo con los dedos,
como si todavía —todavía—
todo fuera posible.