La taza sin par

En un rincón olvidado de una posada antigua en los montes de Nagano, quedaba una cocina pequeña donde la abuela Yuki servía té a los viajeros que llegaban en invierno.
Tenía una colección de tazas. Ninguna igual a otra. Una con el borde desportillado. Otra sin asa. Una de barro, rugosa. Otra casi transparente, de porcelana sin brillo.

—¿Por qué no usás todas iguales? —le preguntó una joven viajera una tarde nevada.

Yuki sonrió, mientras servía con calma el té humeante.

—Porque así es la vida —dijo—. Nada es igual, nada está completo, y sin embargo… todo sirve para sostener el calor.

La chica bebió en silencio. La taza estaba tibia, imperfecta, y cabía justo en sus manos. Sintió que algo, por dentro, también se desordenaba un poco. Como si ya no necesitara encajar del todo. Como si pudiera aflojar el juicio, la comparación, la exigencia.

La nieve seguía cayendo detrás del shoji.

Y en ese instante, entre sorbo y sorbo, entendió que había belleza en lo que no se dice. En lo que no es nuevo. En lo que no brilla.

Que no hacía falta repararse, ni transformarse, ni llenar vacíos.

Solo habitar el momento, como esa taza sin par:
incompleta, sí.
Pero llena de calor.