No hace falta que hayan sido perfectos.
No hace falta que hayan estado.
Tampoco que hayan sabido amarte como vos lo necesitabas.
Este ritual no es para justificar.
Es para liberar.
Paso 1 – Buscar dos piedras
Durante tu viaje —o en una caminata consciente— buscá dos piedras.
Una representará a tu madre.
La otra, a tu padre.
No tienen que ser iguales. Solo elegilas con el corazón. Sentí cuál te llama.
Paso 2 – Escuchar lo que se mueve
Con una piedra en cada mano, sentate en un lugar tranquilo. Cerrá los ojos.
Dejá que aparezcan recuerdos, emociones, palabras no dichas.
Quizás haya amor.
Quizás enojo.
Quizás vacío.
Dejalo estar. Todo es parte.
Paso 3 – Decí en voz alta, sin censura
Podés hablarles.
Decirles lo que te dolió.
Lo que agradecés.
Lo que te hubiera gustado.
Lo que hoy soltás.
“Gracias por darme la vida.”
“Los reconozco como mis raíces.”
“Hoy tomo lo que me dieron… y sigo mi camino.”
Paso 4 – Elegí qué hacer con las piedras
Podés guardarlas como símbolo de reconciliación.
Podés dejarlas en un lugar especial del viaje, como ofrenda.
Podés enterrarlas en la tierra, si sentís que es tiempo de cerrar algo.
Elegí el gesto que más te conecte.
Recordá:
No se trata de estar en paz con ellos.
Se trata de estar en paz con tu historia.
Para que la vida fluya a través tuyo, sin nudos.
Para que seas libre.
Y para que tus raíces no te retengan… sino que te sostengan.