Durante mucho tiempo, pensó que su vida era un libro ya escrito.
Con capítulos que otros habían diseñado.
Con tramas heredadas, decisiones impuestas, finales ya predichos.
Caminaba como quien sigue una línea dibujada por otra mano.
Elegía lo correcto. Lo esperable.
A veces se salía del margen, pero siempre volvía.
Hasta que un día, algo lo sacudió.
No fue una catástrofe, ni una revelación divina.
Fue apenas un instante.
Un silencio largo.
Un día cualquiera, en el que sintió que no estaba viviendo nada propio.
Entonces se detuvo.
Y por primera vez, tomó la hoja en blanco.
Al principio le temblaba la mano.
¿Cómo se empieza una historia que no te contaron antes?
¿Cómo se elige sin miedo?
¿Cómo se acepta que no hay nadie más a quien culpar?
Pero algo dentro suyo —algo antiguo y verdadero— sonrió.
Y escribió una línea.
Y luego otra.
Y otra más.
No con tinta, sino con actos.
Con decisiones pequeñas.
Con pausas. Con dudas. Con coraje.
Empezó a cambiar su forma de hablar.
A probar caminos nuevos.
A vestir distinto.
A decir más veces “no sé”, y otras tantas “sí, quiero”.
Algunos lo llamaron locura. Otros, madurez.
Él no le puso nombre.
Solo sabía que, por fin, estaba escribiendo su vida con su propia letra.
A veces borraba.
A veces tachaba.
Pero todo lo vivido quedaba ahí, como marcas necesarias del trazo.
Y entendió algo que no había visto antes:
El observador… no es un testigo pasivo.
Es quien elige qué mirar.
Y al mirar, transforma.
Y al transformar, crea.
Porque todos somos artistas.
El cuerpo es el pincel.
La emoción, el color.
El tiempo, el lienzo.
Y la vida… esa obra irrepetible que nadie más puede firmar por vos.