Sakura era su nombre.
Y cada vez que florecían los cerezos, sentía que su alma también se abría.
No era una coincidencia, decía su madre. Era una promesa.
Desde niña, Sakura asistía al Hanami con su familia. Extendían una manta azul bajo los árboles, compartían onigiris y miraban cómo el cielo se volvía rosado.
Ella pensaba que los pétalos eran mensajes secretos que bajaban desde otro mundo.
Nunca quiso atraparlos. Solo verlos caer.
Pasaron los años. Las estaciones cambiaron, y también Sakura.
Se mudó a Tokio, estudió arquitectura, y casi sin querer, comenzó a olvidarse de mirar hacia arriba.
Un otoño, agotada de tanto diseñar espacios sin alma, decidió regresar a Kioto por unos días.
No era primavera. No había Hanami.
Pero al llegar al parque Maruyama, descubrió algo que la conmovió más que el florecer.
Los arces estaban en su esplendor.
Rojos, dorados, encendidos.
Y en ese fuego, sintió una tristeza bella, como si los árboles supieran que su belleza ya estaba cayendo…
y aun así brillaban con todo.
Se sentó sola bajo un arce.
No había manta, ni onigiris, ni familia.
Solo ella y el viento que levantaba las hojas como si danzaran una despedida.
Y por primera vez entendió que el Hanami no era solo en primavera.
Que cada estación tenía su forma de decir “mira”, “siente”, “deja ir”.
Esa tarde no tomó fotos.
Solo escribió una frase en su cuaderno:
“Todo lo hermoso también cae. Y ahí reside su milagro.”