Nunca pensó que ese sendero de piedras sueltas, apenas húmedas por el rocío, iba a llevarlo tan lejos.
Solo se sacó los zapatos porque algo dentro se lo pidió.

El suelo estaba frío, sí, pero no era un frío de rechazo. Era un frío que lo llamaba a volver.
Los pies tocaron la tierra con un temblor que no era miedo, era memoria.

Cada paso parecía decirle algo:
Estoy acá. Siempre estuve. Aunque te hayas ido.

Recordó entonces todas las veces que se juzgó, que se exigió, que apuró su cuerpo sin escucharlo.
Pensó en cada vez que se miró con dureza en el espejo. En los silencios que guardó en el pecho.
En las señales que su cuerpo gritaba —y él no quería oír.

Pero ahora, en ese andar lento y sin destino, se sintió de nuevo parte del mundo.
Ya no era alguien que lo habitaba desde afuera.
Era él.
Era su casa.
Era el altar donde todo empezaba.

Y ahí, con los pies en la tierra y el corazón respirando hondo, comprendió:

No vine a dominar mi cuerpo.
Vine a honrarlo.
A habitarlo.
A dejar que me lleve… a donde yo ya soy.