Takumi caminaba por el bosque como quien busca sin buscar.
Era su primera vez en Japón.
Había nacido en Buenos Aires, pero sus abuelos maternos eran de aquí.
Nunca hablaban mucho del pasado. Solo decían:
—Cuidá lo que no se ve.

Y eso hacía Takumi.
Escuchaba los árboles. Tocaba las piedras antiguas.
Miraba el cielo como si alguien más también lo estuviera mirando desde otra vida.

En un cruce de senderos, encontró un árbol inmenso, torcido por el viento y el tiempo.
Se sentó junto a él.
No sabía por qué, pero algo lo llamaba a quedarse.

Sacó una vieja carta de su mochila.
Estaba escrita en japonés, con tinta desvanecida.
Era de su bisabuela. Nunca la había conocido.
La carta hablaba de un jardín. De un silencio.
De un aroma a ciruelo en flor.
De algo que no se olvida, aunque uno viva lejos.

Takumi no entendía todas las palabras, pero sintió cada línea en el cuerpo.
Como si alguien lo acariciara desde adentro.

Se quedó quieto.
Sin pensar.
Solo respiró.

Y en ese instante supo:
no había venido a conocer un país.
Había venido a recordar algo que ya estaba en él.